Seis años antes…

Llegué corriendo a casa de mamá. Costaba trabajo saludar a los vecinos que encontraba en el camino, en parte por la prisa que tenía pero también por el miedo a responder a la pregunta recurrente. Me negaba a dejar salir esas palabras, después tendría qué repetirlas una y otra vez. Me limité a correr y saludar de lejos con la mano o con algún gesto a los conocidos que, en mi carrera, iba dejando atrás.

Necesitaba encontrar los  papeles de registro del cementerio donde sepultaron a mi tío Marcos. Era urgente. Llegué por fin a la que fuera mi casa hasta pasados los veinte años y encendí la luz de la sala. No sé si era mi imaginación o la intensidad de la luz era más baja que otras veces. Todo lo veía medio oscuro ese día, no importaba cuán iluminado estuviera. Entré a la habitación de las niñas, mis hermanas,  y saqué la vieja maleta azul guardada hace años debajo de una de las  camas. Ahí guardaba todos los papeles importantes: las escrituras de su casa, las boletas de calificaciones de todos sus hijos, diplomas, pasaportes, el acta de matrimonio, copias de las actas de nacimiento de mis hermanos, de papá, mía, pero no la de ella, por cierto. Nunca la vi. Ahí encontré el acta de defunción y el registro de inhumación que buscaba. No pude evitar sonreír. Todo estaba en perfecto orden en esa desvencijada y polvorienta maleta. Cada uno de nosotros en un sobre de plástico azul transparente: nuestra historia escolar, nuestros logros, diplomas, cartas, certificados, fotografías, el carnet del dentista. No fue difícil encontrar aquellos papeles. Ay, Cuquis, pensé. Tu siempre tan ordenada y yo que soy tu hija, un completo desastre. No heredé todo lo bueno de ti.

Cerré la maleta, no había tiempo para detenerme a ver fotos y recuerdos. Fui a la habitación de mis padres y saqué unos zapatos cómodos, un chaleco de lana, una falta bonita y una blusa que hiciera juego para que mamá estuviera cómoda. Lo eché todo en una bolsa grande y antes de apagar la luz, que me seguía pareciendo tenue, eché un vistazo a la casa. No era la misma y jamás volvería a serlo.

Regresé al hospital. Esta vez fue inevitable que alguien me abordara en el camino y preguntara por su salud y dije lo que no quería decir  y a partir de entonces repetí a todos los que preguntaban: mi mamá acaba de morir.

Año viejo, año nuevo

(Léase escuchando la canción del año viejo de Tony Camargo)

 

Le digo a Leslie que se comporte pero no me hace caso. Nunca lo hace,  de modo que destapamos la ahora-muy-costosa botella de Pierdealmas y mientras ella digitaliza notas de prensa de nuestros libros, yo escribo (y bebo) y recuerdo lo duro y generoso que ha sido el 2011.

Diría Edith Piaf  “no te arrepiento de nada” y ciertamente yo tampoco.  Este año que está a punto de irse al carajo me tundió con ganas pero no logró que me arrepintiera de nada. Bueno, un poco si, del tequila que pedí en la barra del salón Centurión donde revisaba el correo electrónico y se derramó en el teclado de mi laptop. Además de eso, nada. Absurdo como abrazar un árbol, hay qué abrazar a la tristeza hasta que se canse y se vaya, pero no arrepentirse de permitirle la entrada.

El segundo sorbo al mezcal ya me encuentra pensando en los libros que leí. En mi humildísima opinión, los mejores libros salieron en el último trimestre del año. Antes de eso poca cosa. Sigue leyendo

De lecturas públicas y resacas furiosas

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De esos días…

… en que resulta inevitable aceptar los cuatro mezcales dobles con cara de triples que te sirven en un bar al que te llevaron tus amigas porque recién terminaste una relación amorosa y te prefieren borracha que triste. Luego esas dos palabras se agarraron de la mano y teníamos una borracha-triste que se caía con facilidad de la periquera en el bar.

Y entonces, esos mezcales dobles con cara de triples causaron estragos a la mañana siguiente: un milagro me despertó a tiempo y salí corriendo para una lectura de cuentos donde alternaría con gente bonita de la tele. Doble maquillaje, cubre ojeras, café cargado y un Vitamin Water. Por ahí me dijeron que esa bebida adicionada con vitaminas hacía maravillas pero hasta donde pude ver, no sacaba el puñal del corazón. Sigue leyendo

Presentación de Oficios ejemplares en la Feria del Libro de León

Penetrante y profunda. Ácida. Sarcástica. Desconcertante. Cruel y refinada. Cïnica. Aguda y sin artificios. Sorprendente. Escabrosa. Directa. Efectiva. Todo esto se ha dicho de la prosa de Paola Tinoco. Y se ha dicho, esto hay que resaltarlo, de una autora que tiene poco de haber debutado con su primer libro. Vaya, todo esto se ha dicho de Oficios ejemplares.
Hace no mucho tiempo me dijo alguien que pocas críticas literarias se enfocan hoy en el mundo del trabajo, que es una lástima que nos hayamos olvidado tan pronto del ejército industrial de reserva, o sea del empleo y el desempleo; que nos hayamos concentrado en la demanda y dejado el supply side. La misma persona me remitió a Vivianne Forrester y su idea de que el problema ahora no es que seamos explotados laboralmente, sino que el trabajo mismo está desapareciendo. Ya no somos necesarios. Sigue leyendo

Tristeza y yo

Para Keyla

Saqué a pasear a tristeza. Ya no cabía en la casa y tocaba dejarla salir. KAK sugirió llevarla lo bastante lejos para que la explosión, si había una, no destruyera nada y decidimos ir al refugio, una playa sin nombre a la que vamos ocasionalmente a leer y a ver la puesta del sol. No hay mucha gente, nadie hace trencitas y tampoco venden aceite de coco. A veces nos topamos con unos chicos que fuman marihuana y el invitante aroma inunda nuestra lectura pero nos aguantamos las ganas de pedirles una fumada, para no dar pie a un intento de charla, no nos gusta hablar cuando vamos ahí. Me encerré en los cuentos de Felisberto Hernández y KAK en Agosto.
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Mi Buenos Aires querido

Pues ahí estaba yo, instalada en Sinclair con Cerviño, en el barrio de Palermo. Demasiado lindo para ser la Roma y demasiado sucio para ser Polanco. Lindo de todas formas. En alguna hamaca, en el mismo barrio, estaría tirado el zoquete de P., que se hizo de la vista gorda cuando supo que iba de vacaciones a Buenos Aires. Que te den, P. Que te den. Menos mal que tengo otros conocidos allá. Incluso desconocidos más amables que vos. A tomar por culo (léase a ritmo de Ilya Kuryaki and the Valderramas)
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Andaba en busca del choripán perfecto pero en los restaurantes fancy de Palermo no lo iba a encontrar. La parrilla más mugre que encontré ahí me metí y ordené un vino (era horrendo) y el ansiado choripán. Me sirvieron un chorizo en un plato y pusieron un cesto con trozos de pan en la mesa ¿Y cómo es esto? Pregunté a la mesera inocentemente y me miró con sorna ¿Querés que te lo prepare? Contestó. Y claro, yo pensaba que en todas partes te daban el choripán armado pero acá tuve qué armarlo yo. Ni hablar. Y no estaba tan bueno. El mejor lo encontré en San Telmo, luego de una larga caminata bajo el sol y cargada de bolsas de cosas inútiles que terminé, como siempre, obsequiando. Me costó sólo diez pesos argentinos, que son como cuarenta mexicanos, y ME LO DIERON PREPARADO.
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Me gustaba la calle de Sinclair. Era muy cortita pero tenía de todo: una verduleríaa, un restaurante peruano, varias peluquerías y más que eso, muchos centros de depilación. Yo nunca voy a esos lugares, no soy tan peluda, pero por casualidad entré a uno. Estaba copado y por probar pedí una cita. Me la dieron para el 13 de enero. Yo no iba a estar ya en Buenos Aires así que me anoté y les dí el celular que ahora es de Marc. Ya lo llamarán y probablemente Marc aproveche la codiciada cita en el depilatorio. El sí que tiene pelo.
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Más que los museos y los lugares-que-no-hay-qué-dejar-de-ver, yo no puedo faltar a las farmacias y a los supermercados. Me chiflan los supermercados. Compré alfajores corrientes, alfajores finos, Luigi Bosca, matecito y un queso horneado en Bariloche. Me pregunto si los hornos serán mejores allá.
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La calle de Borges no tiene muchas librerías, como hubiera imaginado nomás saber que existía una calle con el nombre de tan importante y querido escritor. Lo que le sobran son tiendas de ropa. Nunca olvidaremos “Palito bombón vestíte”. Y tampoco olvidaré que la casa donde Borges pasó su niñez tiene una placa miserable donde se reporta ese dato, y al lado tiene un enorme letrero que dice “Maldito Frizz”, una peluquería.
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De los quince días que pasé en Buenos Aires (quince, P. del mal, ¡quince y tú en la hamaca!) comí carne 14. Espero la gota en cualquier momento. Sorbía mate como si eso fuera a curarme de todo mal y si, algún mal, como la indigestión, me lo curaba. Pero de ahí en más, nada.

Maldito frizz

No encuentro el cable que conecta mi cámara digital con la computadora, de manera que lo que voy a relatar es imposible de ilustrar salvo a través de mis palabras. K. y yo nos dirigíamos a buscar una cafetería recomendada por su especialidad: la chocotorta. El híbrido lingüístico me desagradó y le pedí a K. que no volviera a decir esa palabra en mi presencia, odiosa como soy. Lo cambiamos entonces por pastel de chocolate. Andando pues, por el barrio de Palermo, en Buenos Aires, yo fotografiaba diversos locales con nombres ingeniosos como “Te mataré Ramírez”, que es un restaurante de comida afrodisíaca, “Palito bombón, vestíte”, una tienda de ropa, o “Crack up” una librería que por fuera parece tienda de dulces, “No me dejes colgada” tienda de bolsos, etcétera. Un letrero más llamó mi atención: “Maldito frizz”. Se trataba de una peluquería. Mi astigmatismo impidió que pudiera enfocar lo escrito en una especie de cédula color amarillo al lado de dicho letrero, pero por curiosidad crucé la calle para leerlo de cerca: “En este solario pasó su infancia Jorge Luis Borges en los años…”. Muy bien. Los astigmáticos y miopes siempre veremos el letrero del Maldito frizz a lo lejos y probablemente entremos a que nos recorten el fleco o nos hagan un peinado, pero sólo los curiosos sabrán que el grandísimo Borges creció ahí. Pronto, cuando encuentre el maldito cable, subiré la frizz foto.