Me dirigía a Xalapa, por primera vez, a la Feria del Libro que organiza la Universidad de Veracruz. Había quedado de ver en el aeropuerto a Antonio Ortuño, que iba en el mismo vuelo que yo. Cuando llegué a la sala de espera para embarcar (dicen en el mostrador “embarcar”) buscaba a este buen hombre. Sus señas particulares, una cachucha, una chamarra de piel y barba de candado. Lo que encontré fue a un descachuchado con chamarra de piel y barba de candado, en efecto, abrazando una maletita que al parecer guardaba una computadora portátil. El resto de su equipaje, en el asiento de al lado. Estaba dormidísimo. La gente de la sala me veía feo porque era yo una inoportuna que llegó con su cámara a fotografiar a quien podría ser un desconocido. Me senté a su lado sin despertarlo. Las miradas seguían clavadas en mi. De pronto, un suspiro y abrió los ojos. Me contó que había estado reunido con Nicolás Cabral y otros amiguetes y se había ido directo del Covadonga al aeropuerto. Las miradas se alejaron de mi cuando vieron que el fotografiado me hablaba con confianza.
Desafortunadamente no puedo mostrar esas fotografías porque cuando se las enseñé a Antonio los resultados me dijo que se veía como un borracho en la calle. Me negué a borrarlas e insistió. Le dije que si me hacía esa petición con un micrófono en la mano, frente a toda la gente en su primera presentación en la FILU, las borraría. (más…)
