Yo estuve en la mansión Volopapilio

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Recuerdo haber estado antes en esta residencia, dije a mi acompañante cuando el coche se enfilaba a una reja negra en uno de los misteriosos y gallardos callejones de Coyoacán. Y en efecto, era el lugar donde intervine una irrespetuosa exposición de arte organizada por una empresa bancaria, donde no daban crédito a los artistas participantes. Mi intervención consistió en agenciarme un marcador Esterbrook  y poner debajo de todas las obras el nombre de los artistas olvidados.

En esta visita, la mansión volvió a impactar por su majestuosidad pero además porque no se trataba de manera injusta a nadie. Un mayordomo vestido de manera impecable nos ayudó a bajar del coche y, ante una llovizna impertinente, nos cubrió con un paraguas hasta la entrada principal. Ahí nos recibieron algunos integrantes del equipo Volopapilio sin que hasta el momento supiera exactamente a qué iba, más allá de participar en una cata de vinos. Cruzamos una casa luminosa y un jardín. Después entramos en una casa más pequeña donde había una cálida salita abrazada (y abrasada también) por una chimenea de verdad, de las que requieren troncos de madera y no gas (tan poco inspiradoras, por cierto). En contraste con la calidez de este espacio, al lado de nosotros había una piscina iluminada con luz negra que daba al ambiente una extraña sensación festiva. Misma con la que me senté en la sala a beber una copa de vino con los anfitriones y otros distinguidos invitados.

Luz negra

Por fin me revelaron de qué se trataba todo: sabríamos qué es Volopapilio y cuáles eran sus servicios. No podía siquiera imaginar qué empresa te lleva a una mansión como aquella para hacerte saber a qué se dedica pero cuando pusieron el primer video lo comprendí todo: una pareja estaba cenando en un restaurante simulado en el jardín de esa casa en la que yo estaba sentada bebiendo un cabernet sauvignon.  Parecían estar acompañados de otros comensales alrededor pero de pronto uno de ellos comenzó a cantar. Otro comensal se levantó de su asiento y empezó a tocar una flauta, después se unió otro y otro instrumento hasta terminar tocando todos alrededor de la mesa de la pareja en cuestión. Ahí los únicos invitados eran ellos. Uno de los falsos comensales entregó a la mujer un pergamino que contenía un poema relacionado con la liberación de una mariposa y al tiempo una cajita y unos palillos para llevar a cabo semejante tarea. La mujer no daba crédito. Liberó la mariposa, salieron fuegos artificiales de la casa y su acompañante sacó un anillo de compromiso. Hasta el momento, no se sabe de un cliente al que le hayan rechazado el anillo con semejante presentación de su propuesta.

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Así se las gastan en Volopapilio para producir un momento especial. La historia se puede repetir cambiando el escenario, viajando en un helicóptero, disfrutando de un picnic en un campo abierto, navegando en un yate, etc. La forma de entregar el pergamino y la caja con la mariposa es la misma en todas las modalidades, eso sí, pero la una tan conmovedora como la otra.  Después de conocer varias propuestas de lo que ofrecen, por si la noche no hubiera sido ya especial, bajamos por una escalerilla de piedra a una estupenda cava de vinos donde finalmente se llevó a cabo la cata prometida, que no extrañaba (con todo lo amante de vinos que soy) porque imaginaba a quién le regalaría yo una experiencia tan sofisticada y a la medida, o mejor aún. ¿quién me dedicaría una a mí?

Mis cursilerías aparte, otra cosa buena de esta experiencia fue que esta vez no me manché las manos con Esterbrook para hacer justicia.

CAVA2  CHICAS

Volopapilio sorprende, seduce, emociona, conmueve y finalmente festeja las buenas noticias, las declaraciones románticas o la celebración más importante de todas: la vida. Si tienen algo bueno para anunciar, piensen en esta opción, acá les dejo el link que no pueden perder de vista:

www.volopapilio.com.mx

Paola Tinoco

Sólo escribo por las chicas: la imitación de la imitación.

BUKO

El mundo de la literatura conoció, hace muchos años, al primer antihéroe: El Quijote de la mancha. Esta figura, sin embargo, ha ido cambiando a lo largo de los años, y en lugar de tener como antihéroe favorito al gallardo y deschavetado hidalgo, aparece la figura de un borracho pendenciero, adicto al alcohol y al sexo, culto y alejado de la idea del reflector sobre sí. Hablo de Charles Bukowski, el antihéroe favorito de las últimas décadas, cosa que afirmo basada no sólo en el vox populi, sino en la cantidad de textos escritos para analizar su trabajo y las ventas de sus libros. También, añadiría, la cantidad de escritores posteriores a Bukowski que copian descaradamente su actitud y hasta integran la forma de escribir de aquél célebre y talentoso a su propia obra.

Recuerdo a un viejo vecino que tuve, de apellido italiano pero oriundo de la colonia Portales, escritor mexicano, quién solía invitarme a recorrer las cantinas de la Roma y la Condesa para departir alegremente con sus amigos. Con departir me refiero a beber hasta que el cuerpo aguantara. En una de esas largas noches de excesos, le escuché decir a alguno de los presentes: “Yo sólo escribo para gustarle a las chicas”. Me hizo gracia pero la actitud era fácil de relacionar con la del viejo Buk y no me pareció mal que fuera su modelo de personalidad; si las quinceañeras quieren vestirse y bailar como Shakira, ¿por qué no imitar la personalidad de un gran escritor como Bukowski?

El colmo de la imitación, sin embargo, llegó en el momento en que uno de los amigos del citado escritor mexicano llegó a una cena, del brazo de una vieja amiga que hasta esa noche se había negado a presentarnos al novio en turno, temerosa de que nos burláramos de su fealdad. El hombre misterioso (y ciertamente feo) era, ni más ni menos, escritor. Sin libro, hasta ese momento, pero escribía ocasionalmente en revistas musicales. El muchacho no tardó mucho en sentirse a gusto, y cuando los demás comensales le preguntaron acerca de su escritura, éste dio una parsimoniosa calada a su cigarro, se ajustó la cachucha (que maleducadamente no se quitó en toda la cena) y soltó la frase: “Yo sólo escribo por las chicas”. No pude evitar la carcajada ante semejante descaro. El robo del robo de una frase y de la actitud completa del antihéroe literario más famoso del barrio, ni siquiera iba a la fuente original (Bukowski) sino al imitador oficial (escritor mexicano de apellido italiano). Cuando el novio de la amiga preguntó por qué me reía, le dije simplemente: “Conozco al escritor de apellido italiano y, evidentemente, tú también”. El interpelado se sonrojó y después intercambió conmigo algunas anécdotas de las noches de juerga con el entonces amigo en común. Después de eso fue un digno antihéroe, cuya escala de valores y forma de operar es completamente distinta a la del héroe: en la cabeza del antihéroe, el fin justifica los medios. El ahora ex novio de mi ahora ex amiga confesó que admiraba tanto a Fadanelli como a Bukowski y, en ese sentido, cumplió su cometido, hacer un vergonzoso homenaje a ambos en una cena que probablemente figurará en alguno de sus cuentos o novelas

Publicado en la Revista Marvin, columna El cuaderno amargo.

Ensayo para los adioses

BicicletaNo me acuerdo cómo nos hicimos amigas si éramos tan diferentes. Cuando salíamos juntas éramos una réplica de un anuncio de Benneton: ella rubia rubia y yo morena morena. No sé tampoco porqué me agradaba si siempre me molestaba cuando me enfrascaba en la lectura. Ella decía que leer era para los viejos y nosotras teníamos 11 años. Así y todo jugámos a ser mayores, a maquillarnos y ponernos tacones de su mamá (la mía nunca usaba), y a burlarnos de los novios de su hermana Claudia, todos los que conseguía para darle celos a mi hermano mayor que nunca le hacía el menor caso. A veces me acompañaba a mis clases de hawaiiano o de gimnasia pero sólo como espectadora o a veces ni siquiera eso, se iba a los columpios mientras yo terminaba las clases. Nos gustaba mucho estar juntas, de cualquier forma.

Ana Rusia y yo éramos chicas aventureras, salíamos a escondidas en la bicicleta hasta los límites marcados por nuestros padres y luego regresábamos como si algo grande tuviéramos para contar a los niños menos temerarios. un día salimos de los límites y sin bicicleta, lo que suponía menos peligro, o eso pensamos. No fue así. Cruzamos dos veces la avenida frente a nuestro edificio, una para ir a ver la cartelera del cine y otra para regresar a casa. Al regreso un coche falló en su intento de frenar y atropelló a Ana Rusia. No se quedó ni a ver cómo estaba, se fugó. Y mi amiga quedó en medio de la calle como un trapo, con la mitad de la cara oscurecida por un moretón espantoso y yo petrificada. Vino la gente, la familia, hospital, horror. Ella pasó un mes internada, sin despertar. Yo recibía las miradas acusadoras de sus parientes cada vez que la visitaba. Quizá porque salí ilesa del accidente me convertí en la culpable, seguramente la instigadora del delito de cruzar la avenida sin permiso.

Finalmente salió del hospital, pero ya no la pude ver porque la llevaron a vivir a otra ciudad sin dejar que se despidiera de mi. Pasado un año regresó a visitar a su abuela y entonces nos encontramos, uno de esos encuentros raros, incómodos, como de un viejo amor que sabes que fue importante pero que ha dejado de serlo y su rostro ya no es mas que un recuerdo borroso de lo que fue. Le pregunté si pensaba que yo fui culpable del accidente y me dijo ¡Claro que no! Nos abrazamos. No volvimos a vernos.

En busca del tamal perdido, un panorama de la cocina mexicana

En la Ciudad de México la comida está en todas partes: desde la esquina de tortas de chilaquiles en la calle Tamaulipas y Alfonso Reyes, los mariscos del mercado de Mixcoac, los caracoles de la cantina La Flor de Valencia en la avenida Revolución hasta el casi intelectual restaurante Rosetta, comandado por la ya famosa chef mexicana Elena Reygadas (si, hermana del cineasta Carlos Reygadas). Pero hubo comida para los escritores, arquitectos, embajadores y demás personajes de la vida diplomática e intelectual de esta urbe antes de la llegada de la Rosetta a la calle de Colima en la emblemática colonia Roma. Antes que la Reygadas, hubo Alicia Gironella. Antes que Rosetta, hubo Tajín. Y de la mano de este restaurante, la primera escuela – restaurante en México, fundado por esta ya octogenaria cocinera, para desembocar en una serie de libros, entre ellos el que llegó a mis manos recientemente, mismo que amenaza con hacerme ensuciar platos y bandejas: Larousse de la cocina mexicana.

Una pensaría que los libros de recetas no son más que un listado de fórmulas y cantidades exactas para no hacer una bazofia salada o dulzona que nadie quiera comer, este libro sin embargo está lleno de historia: en el inicio, mientras esperaba encontrar la mejor forma de cocinar una torta de tamal en casa, me encontré con un completo panorama de la cocina mexicana formado por investigación y comentarios de expertos en el tema, como Gloria López Morales y Janet Long Towell, quien hace que uno piense en la comida prehispánica más allá de los escamoles y chapulines, al parecer el único vestigio de ese tipo de comida considerado por los chefs actuales. Mis venerados tamales aparecen en su texto, como uno de esos platillos de antaño, cuyo nombre inicial fuera totolnacquimilli y eran unas enormes empanadas que se cocinaban con una gallina entera. Viejos tiempos. Las cenas no eran ñoñas como hoy en día, que te sirven vinos y platillos “internacionales”, dice Long Towell que en la zona Huasteca se servía chocolate para los señores, pulque para los ancianos y hongos alucinógenos para los invitados. Eso, como cierre de una larga degustación de platillos que incluían pipianes, tamales, mollis (salsas) trozos de carne de guajolote, venado, jabalí, etc. Esas eran cenas y no gazpachadas, digo yo.

Luego de un breve paseo por el panorama antiguo de nuestra cocina, Sol Rubín de la Borbolla introduce a las regiones gastronómicas: de acuerdo a la flora, fauna, aromas e ingredientes que evolucionaron con los acontecimientos históricos de comercio, se inspiran diversos platillos.

Nutrición, el misterio del sazón, variedades de quesos y la maravillosa presencia de los destilados mexicanos (porque el vino será de Europa pero los agaves son todos nuestros), son algunos de los temas que el lector curioso encontrará antes de llegar a lo que estaba buscando: la receta de la torta de tamal, en mi caso, o crepas de cuitlacoche para los más exquisitos ¿queso en salsa de epazote? Aquí hay. Camarones al mezcal, torreznos de charales de Cuitzeo, sopa de pan, moles varios y otras delicias.

Como doña Alicia tiene vocación de maestra, incluye un glosario y técnicas que le permitan, al menos diestro en las artes culinarias, llevar su platillo a buen fin, en caso de que haya decidido embarcarse en la elaboración de alguna de las exquisiteces incluidas en Larousse de la cocina mexicana: términos y técnicas de origen prehispánico, utensilios de preparación, de cocción, métodos y técnicas con calor y sin calor, métodos precisos para no echar a perder un buen crustáceo en el camino de convertirlo en comestible, en fin. Que en el camino de la letra a la mesa puede encontrarse una agradable sorpresa (verso no planeado) si sigue los pasos con cuidado. Yo no encontré mi receta de torta de tamal pero al menos aprendí para qué sirve un molcajete y no, no es para torturar a la gente machacándole los dedos con la piedra.

Libro: Larousse de la cocina mexicana

Autora: Alicia Gironella de ‘Angelli

Hiperconsumo como destino

Originalmente publicado en Distopía:

Gilles Lipovetsky,

La felicidad paradójica.

Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo,

Barcelona, Anagrama, 2007

Al menos desde 1983, cuando se publicó La era del vacío, Gilles Lipovetsky no ha dejado de reflexionar y ensayar sobre las transformaciones de la sociedad en relación con la autorrealización de los individuos. El consumo aparece en su obra reiteradamente desde entonces, sea como hedonismo, narcisismo, relativismo, forma moda o moral emocional.

Tras este recorrido, Lipovetsky compone un voluminoso texto ya no sobre consumo, sino del consumo en superlativo: el “hiperconsumo”. Con el título La felicidad paradójica, el filósofo francés plantea que el consumo de masas pierde relevancia y comparte espacio y tiempo con el consumo de individuos, cada vez más informados sobre lo que quieren, que demandan productos y servicios personalizados, al gusto y voluntad de cada individuo, al menos en cuanto a la combinación que hace de ellos. A…

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La nostalgia feliz

Maquetación 1

Amélie Nothomb es una de esas escritoras que se ama o ser odia, pero es imposible la indiferencia ante sus libros. No es la excepción esta nueva entrega, La nostalgia feliz, que en principio parece un libro escrito sólo para los lectores fieles de su obra pero en realidad es posible encontrar sentido a la historia aún si es el primer libro de ella que cae en manos de alguien: el personaje principal es Amélie Nothomb, en un viaje de regreso a sus afectos del pasado, su nana japonesa, Nishio San quien fuera personaje central en Metafísica de los tubos y ahora es una venerable anciana de más de ochenta años que ha vivido el abandono de su familia pero recuerda perfectamente a la pequeña Amélie que en sus primeros años de vida creía que era Dios.

Reaparece también, dieciséis años después, el gran amor japonés de la autora en sus veintitantos años, Rinri, personaje central en Ni de Eva ni de Adán, a quien abandona antes de formalizar la relación.

Todo lo que amamos se convierte en una ficción. De las mías, la primera fue Japón.

El tercer amor de Amélie es sin duda Japón, especialmente Kobe, la ciudad en que nació por accidente mientras su padre trabajaba en la (ahora inexistente) embajada de Bélgica en aquél país y de donde fue arrancada (según palabras de la autora) a los cinco años, cuando ya había decretado que ese era el lugar perfecto. Los reencuentros sin embargo tienen una carga emotiva tan fuerte que a veces se prefiere evitarlos. Amélie los enfrenta pero de ninguno de ellos sale ilesa y quizá por eso el tono de su narración sea, a diferencia de la mayor parte de sus libros, algo suave y nostálgico, pero como siempre que pisa Japón, la escritora aprende algo nuevo: en ese país hay dos tipos de nostalgia, una de ellas es la nostalgia feliz, esa que al invadir a una persona le hace más bien que mal. Y es la nostalgia que ella decide llevar en su equipaje al regreso de este reencuentro con la infancia, con el amor y con la cultura japonesa que a pesar de todos sus esfuerzos, nunca la aceptó como uno de los suyos.

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Una lista de 10 libros que me gustan mucho.

desconsideraciones 

Siempre me han parecido bobas las cadenas que se organizan en redes sociales pero hay una muy reciente que me gustó, es la segunda cadena en la que me involucran ( la primera era sobre fotografías de películas) y decido participar porque está relacionada con libros y me gusta la idea de compartir con ustedes un cachito de lo que he leído y ha sido importante en su momento. Eso de “los 10 libros que me marcaron” me parece completamente soso, todos los libros, incluso los malos, dejan algo en los lectores. Los libros están cubiertos de tiza, dejan marcas por todas partes. Así que ahí les va una lista de 10 de ellos que me dejaron manchada la ropa, la cara, las manos, los pensamientos: Sigue leyendo