Hiperconsumo como destino

Originalmente publicado en Distopía:

Gilles Lipovetsky,

La felicidad paradójica.

Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo,

Barcelona, Anagrama, 2007

Al menos desde 1983, cuando se publicó La era del vacío, Gilles Lipovetsky no ha dejado de reflexionar y ensayar sobre las transformaciones de la sociedad en relación con la autorrealización de los individuos. El consumo aparece en su obra reiteradamente desde entonces, sea como hedonismo, narcisismo, relativismo, forma moda o moral emocional.

Tras este recorrido, Lipovetsky compone un voluminoso texto ya no sobre consumo, sino del consumo en superlativo: el “hiperconsumo”. Con el título La felicidad paradójica, el filósofo francés plantea que el consumo de masas pierde relevancia y comparte espacio y tiempo con el consumo de individuos, cada vez más informados sobre lo que quieren, que demandan productos y servicios personalizados, al gusto y voluntad de cada individuo, al menos en cuanto a la combinación que hace de ellos. A…

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La nostalgia feliz

Maquetación 1

Amélie Nothomb es una de esas escritoras que se ama o ser odia, pero es imposible la indiferencia ante sus libros. No es la excepción esta nueva entrega, La nostalgia feliz, que en principio parece un libro escrito sólo para los lectores fieles de su obra pero en realidad es posible encontrar sentido a la historia aún si es el primer libro de ella que cae en manos de alguien: el personaje principal es Amélie Nothomb, en un viaje de regreso a sus afectos del pasado, su nana japonesa, Nishio San quien fuera personaje central en Metafísica de los tubos y ahora es una venerable anciana de más de ochenta años que ha vivido el abandono de su familia pero recuerda perfectamente a la pequeña Amélie que en sus primeros años de vida creía que era Dios.

Reaparece también, dieciséis años después, el gran amor japonés de la autora en sus veintitantos años, Rinri, personaje central en Ni de Eva ni de Adán, a quien abandona antes de formalizar la relación.

Todo lo que amamos se convierte en una ficción. De las mías, la primera fue Japón.

El tercer amor de Amélie es sin duda Japón, especialmente Kobe, la ciudad en que nació por accidente mientras su padre trabajaba en la (ahora inexistente) embajada de Bélgica en aquél país y de donde fue arrancada (según palabras de la autora) a los cinco años, cuando ya había decretado que ese era el lugar perfecto. Los reencuentros sin embargo tienen una carga emotiva tan fuerte que a veces se prefiere evitarlos. Amélie los enfrenta pero de ninguno de ellos sale ilesa y quizá por eso el tono de su narración sea, a diferencia de la mayor parte de sus libros, algo suave y nostálgico, pero como siempre que pisa Japón, la escritora aprende algo nuevo: en ese país hay dos tipos de nostalgia, una de ellas es la nostalgia feliz, esa que al invadir a una persona le hace más bien que mal. Y es la nostalgia que ella decide llevar en su equipaje al regreso de este reencuentro con la infancia, con el amor y con la cultura japonesa que a pesar de todos sus esfuerzos, nunca la aceptó como uno de los suyos.

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Una lista de 10 libros que me gustan mucho.

desconsideraciones 

Siempre me han parecido bobas las cadenas que se organizan en redes sociales pero hay una muy reciente que me gustó, es la segunda cadena en la que me involucran ( la primera era sobre fotografías de películas) y decido participar porque está relacionada con libros y me gusta la idea de compartir con ustedes un cachito de lo que he leído y ha sido importante en su momento. Eso de “los 10 libros que me marcaron” me parece completamente soso, todos los libros, incluso los malos, dejan algo en los lectores. Los libros están cubiertos de tiza, dejan marcas por todas partes. Así que ahí les va una lista de 10 de ellos que me dejaron manchada la ropa, la cara, las manos, los pensamientos: Sigue leyendo

E-book ¿es lo de hoy?

Ya no se trata de una leyenda urbana, de una extravagancia o la aspiración de acercarnos a las costumbres estadounidenses: el libro electrónico está aquí y su impacto ha alcanzado a lectores, escritores, editoriales, agentes literarios y desde luego a las librerías.

Una enorme cantidad de lectores ya se benefician de poder concentrar en un dispositivo electrónico (tabletas y lectores como Kindle de Amazon, Xoom de Motorola, PlayBook de RIM, Touchpad de HP o el iPad de Apple, a precios cada vez más accesibles) más de diez mil libros, de aumentar o disminuir el tamaño de la letra de los textos y de comprarlos a un precio menor del que pagan por los que están impresos en papel. Sigue leyendo

De bestias y bestiarios

 

Como muchos sabrán, y los que no lo sepan ahorita se enteran, los primeros bestiarios eran unas recopilaciones que se hacían en la edad media, donde se ilustraban y describían criaturas monstruosas, animales sorprendentes nacidos de la imaginación que bestializaba los rasgos humanos, y de donde surgieron, por ejemplo, los hombres lobo, las gárgolas, vampiros, duendes y otros personajes que existieron al menos dentro de la literatura. Sigue leyendo

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De Ferias de Libros y otras bellezas

Apresuro el primer café de la mañana antes de decir nada. Un poco fastidiada de hablar con asistentes que al triangular la información pierden algo o lo tergiversan. Por eso trato de hablar siempre con el dueño del circo pero a veces no es posible. Mando invitación para participar en el lanzamiento de un libro a importante periodista y la invitación le llega cuando la asistente se acuerda de pasar el recado. Envío la invitación a mi presentación estelar de una reciente feria de libros y no se da cuenta que la persona que invité a presentar es non grata para sus jefes. No me dice nada en ese momento pero dos días antes de la presentación se dan cuenta que si, que la persona non grata está en la invitación y me pide que la “des-invite”. Yo digo que no. Ellos amenazan con vetar. Me veo en la necesidad de cancelar. Me dicen ahora que lo mejor es que presente el libro pero sin la persona non grata. Digo que no. Amenazan con una rueda de prensa de desprestigio. Me presento yo, frente al público, y les digo que se trata de una no-presentación. Llevo a un experto en el tema del libro que iba a presentarse para que responda a todas sus dudas. El experto me obliga a posar para una foto que aparecerá en un periódico. Le pido que no lo haga porque se trata de una no-presentación, se lo había dicho antes a través de una asistente. Me dice que la asistente no le dijo nada y me tuerce por los hombros para que salga en la foto. Pelamos los dientes ante el flash.

Fin del comunicado.

Seis años antes…

Llegué corriendo a casa de mamá. Costaba trabajo saludar a los vecinos que encontraba en el camino, en parte por la prisa que tenía pero también por el miedo a responder a la pregunta recurrente. Me negaba a dejar salir esas palabras, después tendría qué repetirlas una y otra vez. Me limité a correr y saludar de lejos con la mano o con algún gesto a los conocidos que, en mi carrera, iba dejando atrás.

Necesitaba encontrar los  papeles de registro del cementerio donde sepultaron a mi tío Marcos. Era urgente. Llegué por fin a la que fuera mi casa hasta pasados los veinte años y encendí la luz de la sala. No sé si era mi imaginación o la intensidad de la luz era más baja que otras veces. Todo lo veía medio oscuro ese día, no importaba cuán iluminado estuviera. Entré a la habitación de las niñas, mis hermanas,  y saqué la vieja maleta azul guardada hace años debajo de una de las  camas. Ahí guardaba todos los papeles importantes: las escrituras de su casa, las boletas de calificaciones de todos sus hijos, diplomas, pasaportes, el acta de matrimonio, copias de las actas de nacimiento de mis hermanos, de papá, mía, pero no la de ella, por cierto. Nunca la vi. Ahí encontré el acta de defunción y el registro de inhumación que buscaba. No pude evitar sonreír. Todo estaba en perfecto orden en esa desvencijada y polvorienta maleta. Cada uno de nosotros en un sobre de plástico azul transparente: nuestra historia escolar, nuestros logros, diplomas, cartas, certificados, fotografías, el carnet del dentista. No fue difícil encontrar aquellos papeles. Ay, Cuquis, pensé. Tu siempre tan ordenada y yo que soy tu hija, un completo desastre. No heredé todo lo bueno de ti.

Cerré la maleta, no había tiempo para detenerme a ver fotos y recuerdos. Fui a la habitación de mis padres y saqué unos zapatos cómodos, un chaleco de lana, una falta bonita y una blusa que hiciera juego para que mamá estuviera cómoda. Lo eché todo en una bolsa grande y antes de apagar la luz, que me seguía pareciendo tenue, eché un vistazo a la casa. No era la misma y jamás volvería a serlo.

Regresé al hospital. Esta vez fue inevitable que alguien me abordara en el camino y preguntara por su salud y dije lo que no quería decir  y a partir de entonces repetí a todos los que preguntaban: mi mamá acaba de morir.