Perdidos en San Pedro

La mañana del viernes 17 amanecí en Monterrey. Muy cuquis, me calcé los zapatitos rojos que sirven para las ocasiones en que caminarás, pero no demasiado. “Hoy no pienso correr ningún maratón así que puedo ponérmelos” pensé. Y a darle a las entrevistas con Martin Kohan. De pronto recordé que Alan Pauls había cancelado su visita y entré en pánico ¿quién carambas presentará el libro de Martín? Calma… ahí está el amabilísimo Tabarovsky, además son amigos, leyó el libro, es perfecto. Justo cuando pensé que lo tenía todo controlado, Tabarovsky, que no usa celular, se fue de paseo al Centro, a descubrir una barra en forma de ele donde servían café, vendían tortas y vestidos de novia, según nos dijo ilusionadísimo hasta que horas después, cuando me lo contó, rompí el encanto de su hallazgo revelando que se trataba de un restaurante-tienda llamado Sanborn’s, una inmensa cadena de más de 200 locales, y pertenece a uno de los hombres más acaudalados del mundo.


Mi segunda opción fue pedirle a Pedro Mairal que me ayudara, un chico muy serio, me pareció, quizá tímido, imaginé, pero fue tan firme al decir NO, que me asustó y casi salí corriendo. Luego me aclaró que no podía hacerlo porque no había leído el libro y tal. Y pocos minutos después, más amable, dijo que si no encontraba a nadie más, el podía ser la última opción, que lo entrevistaría o se inventaría algo. Dale. Pues una entrevista entonces. Y yo diciendo a esas alturas “dale” ya, porque desde el avión de camino a la tierra del cabrito había estado conviviendo con la delegación argentina, invitados de honor de la feria.

Me fui a comer con la Marijó, de Planeta, a un vulgar Chili’s. No importaba nada, ni siquiera la comida, solo alejarnos un poco de Cintermex y de las balaceras que se anunciaban como eventos especiales en todos los periódicos, y que se van convirtiendo en el pan de cada día en Monterrey. La comida era sosa pero me entretuve escuchando la versión original de la ya muy puteada Can’t take my eyes off you. Volvimos, inevitablemente al trabajo, a más entrevistas con Kohan que me propuso, igual de aburrido de Cintermex, al terminar con la prensa nos fuéramos al paseo Santa Lucía, a subirnos a la lanchita y a ver algo de la ciudad. Dale. Otra vez el dale plagiado. En el lobby  del hotel se apareció Pedro y lo invitamos a acompañarnos. Aceptó, inocente.

Pedro venía armado con su camarita, grabando todo lo que se le ponía enfrente, desde letreros de gorditas doña Pepa, hasta a las gorditas que estaban sentadas frente a nosotros en la lancha de cuatro banquetas, mirándose las uñas y retocándose el maquillaje. Kohan, que sabía mi desgracia, señaló una cámara parecida a la que perdí en el aeropuerto de Madrid hace una semana y yo sufrí, pero me conformé haciendo fotos con el Iphone. Los tres íbamos animosos, riendo descaradamente aunque tratábamos de ser discretos, por los atractivos turísticos que describía el lanchero, desde el estacionamiento más grande de la ciudad y su costo por hora, hasta la construcción de unos departamentos “la verdad que les quedaron muy pero que muy bien esos balcones”, decía el tipo del micrófono.

Llegamos al Museo de Historia Mexicana, donde bajamos de la lancha para estirar las piernas y buscar librerías. Kohan quería ir al Fondo de Cultura y yo pedí instrucciones para llegar. Un lugareño me dijo que teníamos que ir en taxi y el minigrupo se desanimó. Mi segunda propuesta era beber algo en el Café Brasil y a punto de ir a buscarlo, Kohan se entusiasmó de nuevo con la idea de buscar el FCE. Pidió su opinión a Pedro y el canalla destruyó mi plan de tomar un apacible café, dijo “y yo prefiero ir a buscar una librería que tomar café”. Con qué ganas le hubiera dado un pisotón que lo hiciera sonreír de dolor, pero una no puede tratar así a las visitas. Dale. Vamos a buscar la tiznada librería. Tomamos el taxi y ya por la cara que ponía el chofer cuando le daba las indicaciones me di cuenta que no sabía mucho de las calles de San Pedro. Nos dejó pasando el puente noséqué, y de ahí caminamos en línea recta varias cuadras. Pasamos el David que mi informante aseguró que veríamos pero no confirmó si al norte o al sur. Elegimos el norte y nos equivocamos. “Qué le hiciste a tu informante, que te pagó con esta mala jugada” dijo Kohan. Lo cierto era que yo estaba nerviosa porque sentía que Kohan se ponía tenso ante mi despiste Las indicaciones estaban bien. Yo era la mexicana que conocía “algo” de Monterrey pero Kohan era el argentino y director de la expedición por aquél remedo de San Diego California que es el barrio de San Pedro. “Tengo miedo” le decía de vez en vez a Pedro con voz bajita y él me decía que ya había perdido todo el ánimo de encontrar la librería, de tanto caminar. “Vamos chicos, no venimos tan lejos para regresar frustrados, caminemos un poco más”, arengaba Kohan. Yo, con la culpa de ser una pésima guía, a todo le decía que si. Luego Pedro recordó que en realidad la culpa era suya por no haber querido ir al café y volví a sentir ganas de darle un pisotón con uno de mis adoloridos pies vestido con el zapatito rojo.

Fuimos y venimos por la misma avenida, hice unas cuantas llamadas telefónicas para que nos ubicaran y llegamos a un puente poco amistoso de cruzarse que no arredró al fotógrafo Mairal, “ustedes caminen” decía y se nos adelantaba con su cámara para fotografiar el fastidio por la caminata, que debió esconderse en ese momento porque salimos la mar de bien. Unas cuadras después del puente-rrorífico encontramos la pedorra librería. Seguro que está cerrada por remodelación, dije de broma, pero realmente estaba cerrada “Estamos en Cintermex” ponía el letrero. “Y me dijeron que aquí encontraría un libro que no tenían allá” murmuró Kohan al tiempo que recogía una piedra del suelo y miraba la vidriera. Yo apuraba a Pedro ¡La cámara! … pero nada pasó.

“Y bueno, al menos paseamos lejos de la feria ¿no?” comentó un sonriente Kohan incapaz de volver a la feria con la frustración en la mano. Mis pies estaban latiendo de dolor, menos mal que el camino de regreso era largo y no tendría qué apoyarlos pronto en el pavimento. Abordamos, finalmente, un taxi para emprender el regreso. Nos entretuvimos jugando con mi Iphone y Kohan apretó un botón distraídamente, que trajo de nuevo Can’t take my eyes off you. Debe ser una señal, no sé de qué. El siguiente entretenimiento fue discutir sobre si una relación sexual cuenta por la penetración o el simple contacto piel a piel. El chofer, un maniático al volante, levantaba las cejas, seguro lo hacía porque yo opinaba, no porque ellos hablaran de penes y vaginas. Y lo pienso porque al hacer tales gestos miraba por el retrovisor en mi dirección y esta vez no llevaba escote. Nos depositó finalmente en Cintermex y paramos a beber una negra modelo en el único bar en que sirven a las mujeres y los hombres en tarros iguales, antes de empezar el show. Moraleja: zapatos cómodos ante todo y no evidenciar el mal gusto musical. Naaaaa.

Y al final de todo…

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2 Respuestas a “Perdidos en San Pedro

  1. ¿Por qué rompiste su encanto cuando se trataba de Sanborn’s? ¿Eso qué tiene qué ver? ¿O sea que sólo porque se trata del negocio de un hombre acaudalado, eso rompe la magia? Man, you need to clean your eyes…

  2. Perdón, pero Sanborn’s podrá ser muy útil para muchas cosas, pero no es “mágico”, ni fancy, ni chic, es un lugar común, al menos para los mexicanos.

    Y no es Man, es woman, en todo caso…

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