El hombre del cementerio y la virgen de lágrimas rojas.

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Antes de los eventos de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, los escritores y yo teníamos tiempo de pasear.  En uno de estos arranques turísticos fuimos a Monte Albán y regresamos a comer con el grupo a La escondida, donde además nos servimos una buena cantidad de mezcales “blancos y solo combinados con agua, para que no les de cruda” nos dijo el sabio Leonardo Da Jandra.  Como si aquello no fuera suficiente, decidimos acabar la energía que nos quedaba en el cementerio de Oaxaca. o uno de ellos, no sé cuántos habrá. Los necios fuimos Fernando Contreras, Moramay Herrera y yo.

banquita
Llegamos al lugar de los hechos. Encontramos tumbas de estilos sobrios y algunas con un hombre araña más grande que el santo de la devoción del fallecido. Ángeles azules, vírgenes despintadas, Cristos vengadores y en cada tumba una banquita, imagino, para que los dolientes se sentaran a charlar con sus muertos.

Lo relevante sin embargo fue que en nuestra búsqueda de una lápida interesante dónde ser fotografiados un hombre se acercó a nosotros . Lo habíamos visto de reojo y tratamos de perderlo en los laberintos que se forman entre las criptas y nichos, con la idea de que se trataría del encargado del lugar y querría prohibirnos sacar fotografías. En una de tantas vueltas lo encontramos de frente. Sin duda él conocía mejor que nosotros el lugar. Fue inevitable ver a este triste personaje, de edad avanzada, pelo casi blanco y tez morena. Parecía más bien un mendigo, con la ropa y los zapatos sucios y las lengüetas de fuera. Olía a alcohol, pero al margen de eso, el hombre exudaba tristeza “Perdone usted” le dijo a Moramay y luego se dirigió a Fernando, “no se vaya a enojar, señor, perdone usted, es que le quiero pedir algo a la señorita”, insistió señalando a Mora y a su cámara. Fernando asintió y los dos pusimos distancia mientras dejamos que hablara con Moramay.

-Quiero pedirle que me tome una foto-

-Si señor, con todo gusto se la tomo-

El hombre empezó a perder la firmeza de su voz al suplicar innecesariamente que se le perdonara su intromisión.

-Quiero que me tome una foto para que alguien me recuerde… ya no tengo a nadie, ya quiero morirme… mi mamacita murió el día de los novios, el cuatro de febrero- y entonces empezó a llorar. Moramay trató de calmarlo y luego reparó en que había dicho el cuatro de febrero como día de los novios.

-¿El cuatro?-

-Digo el catorce, murió en febrero de este año… y ya no me queda nadie, ya se ha muerto toda mi familia… ándele, tómeme una foto-

-Claro que si, se la tomo y se la mando después-

-No importa si no me la manda, sólo quiero que alguien más la vea, que alguien me recuerde- insistió. Moramay lo deja hablar y el hombre, hipando y limpiándose las lágrimas, la lleva para mostrarle la tumba de su tía y de su sobrino, de su madre, de algunos conocidos. Se paseaba con seguridad entre las lápidas como si fuera el vecindario en que ha permanecido por años y donde conoce a todos los habitantes.

-Ya es mi hora, creo que debo irme- dice. Mora le dice que no se abandone y él insiste llorando de nuevo y diciendo que ya quería reunirse con los suyos. Fernando y yo, pensando que quizás romperíamos el sensible momento entre la fotógrafa y el hombre del cementerio nos concentramos en las lágrimas rojas de una virgen.  Moramay le tomó algunas fotografías y después se despidió de él.

No volvimos a encontrarlo aunque después que terminamos las fotografías lo buscamos para despedirnos. Nadie supo decirnos algo de él tampoco.

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