El huésped y las gallinas

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Cuando empecé a supervisar la impresión de los libros mexicanos de Anagrama me lo tomé más que en serio. No era necesario revisar el texto sino encargarme de que la impresión fuera perfecta, que se igualara el color, los datos de página legal y el cuidado más bien superficial. El interior ya venía corregido desde Barcelona. Sin embargo, acostumbrada al multiatasking, decidí revisar los archivos a fondo, por si las erratas. Recuerdo que llegó El huésped, la novela de Guadalupe Nettel, y yo imprimí un juego para llevármelo al hospital, donde por esos días, pasaba muchas de mis tardes cuidando el sueño de mi madre. Ahí lo terminé de leer. Y también terminé huérfana.

Al margen de mi dolor, estaba la ilusión de ser parte de la creación material de un libro. Me puse contenta cuando el gerente comercial me dio hora para reunirnos y visitar la imprenta de donde El huésped iba a salir tan hermoso como lo imaginaba. Ahora si, nada de que la tinta no se pudo igualar, no nos movemos de ahí hasta que sea igualita a la de la colección de Narrativas Hispánicas de Anagrama Barcelona. Y es que eso siempre ha sido un lío: llevamos el ejemplar de muestra y los encargados de las tintas mezclan y mezclan colores, sacan pruebas y es menos verdoso pero más gris. Muy claro. Demasiado oscuro. Casi amarillento. Es que ese gris, dice uno de los empleados de la imprenta, no existe en nuestro pantone. Caramba pues no necesitamos el pantone ¡aquí tiene la muestra! Mira el libro, resopla, y va a traer otra tinta para seguir mezclando. Por fin queda una prueba aceptable. Cambiamos de imprenta. Luis, el gerente comercial, me dijo que el taller de impresión recién contratado trabajaba muy bien, que había hecho libros para la SEP y otras editoriales importantes, aunque él tampoco había estado nunca en el taller ni en la oficina.

Llegamos, luego de una hora en coche, a una calle fea en de las inmediaciones de Iztapalapa. Casas a medio construir, o construidas pero con facha de estar en obra negra, nadie en la calle. O poca gente, de la que da miedo que se cruce en tu camino. Dimos con el número que buscábamos pero le dije a Luis esto debe ser un error, no parece un taller de impresión. Seguimos adelante y al ver que terminaba la calle decidimos regresar y preguntar. La puerta de la entrada estaba entreabierta, suena a historia de misterio trillada pero así fue. ¿Hola? Nadie respondió y entonces saqué una moneda para tocar fuerte en la puerta, no iba yo a entrar sin que me invitaran. Por toda respuesta escuché un cacareo. Salieron dos gallinas, una plumi-roja y otra negra, detrás de la puerta. La empujé un poco para ver el interior y había un patio con el piso desigual y olor a excremento de aves de corral. Luis, creo que te dieron mal la dirección, dije, y en ese momento apareció un individuo con la camiseta gastada y los brazos manchados de pintura. Buenas tardes, buscamos al señor tal… ah si, pásenle por acá. Nos llevó a un cuarto donde había una enorme mesa de trabajo con montones de pruebas de portadas de libros y ninguna silla para sentarse.

El olor a excremento ya se mezclaba con el de pintura. Ahorita les traigo la muestra de su libro, dijo. Y desapareció por el patio de las gallinas. Luis y yo nos reíamos de todo lo que nos rodeaba pero miramos algunas de las portadas que tenían ahí y el trabajo, en verdad, se veía bueno. Por fin vinieron a atendernos, el sujeto que nos invitó a pasar  el que buscábamos para hablar de fechas de entrega. Lo tendremos listo en una semana. Luis no lo podía creer, siempre dicen dos o tres y este señor aseguraba que en una semana. Oiga ¿dónde imprimen? Le pregunté, porque no veía por ningún lado algo que pareciera una imprenta. Acá arriba está, señaló a unos cuartos que se veían desde el patio, construidos con techo de lámina. Me ganó la curiosidad y subí la desvencijada escalera que crujía por cada escalón que avanzaba. La puerta del cuarto señalado estaba abierta.  Adentro, en efecto, había una Emerson de cuatro tintas. Y en la habitación siguiente una de seis, ambas de modelos más recientes. Bajé, enojada conmigo, por haber tomado tres tazas de café. Ahora iba a tener qué seguir sorprendiéndome cuando preguntara por el cuarto de baño pero eso no lo contaré. Solo diré que una de las gallinas se metió al baño conmigo y no pude evitarlo.

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4 Respuestas a “El huésped y las gallinas

  1. Buen relato, aunque dejas al lector en pleno suspenso por lo del baño.

    Un abrazo

  2. no mames!! jajajajajaajaja te hubieras robado la gallina y la hubiera llamado Lupe, en honor a la anécdota. Está buenísima la crónica! beso*

  3. Una sentada de aguilita merece una buena impresión.

  4. Es muy cagado. Si Hipotermia no se reimprime entre las gallinas, ¡renuncio!

    Besos,

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