¿Quién es Jacobo Siruela?

11:00 a.m.

Librería Rosario Castellanos,

Fondo de Cultura Económica,

Colonia Condesa.

“¿Cómo es su madre?” pregunta una reportera a Jacobo Fitz James Stuart Martínez de Irujo y él, acostumbrado a que lo cuestionen sobre la Duquesa de Alba, responde “simpática, ¿y cómo es la suya?”

Posteriormente, otro reportero duda entre dirigirse a él como señor Conde o sólo hablarle de usted. Jacobo sonríe y responde amablemente. Sabe que hay dos temas inevitables en todas las entrevistas que le hacen: La Casa de Alba y la Editorial Siruela. Imposible negar su título nobiliario pero sobre todo no pierde de vista el oficio que eligió: el de editor. “Solo he utilizado mi título de Conde para firmar mi libro sobre vampiros, porque ahí donde me ves, soy un vampirólogo” dice en broma al referirse a El vampiro, un libro de relatos que editó hace varios años.

Tiene cincuenta y cinco años y el pelo blanco. Un nombre kilométrico, una elegancia innegable y un vicio confeso: la lectura. Tanto así que entre una entrevista y otra se pasea por los libreros, revisa contraportadas, y aparta algunos ejemplares. Su imponente estatura me permite localizarlo fácilmente, así que lo encuentro tan sólo con levantar la mirada y voltear en diferentes direcciones. Me dirijo a él y lo llevo de regreso al área de cafetería, para continuar trabajando en “sacar de la clandestinidad a Atalanta” como dice él, refiriéndose a lo poco conocida que es su editorial en nuestro país.

Jacobo habla mucho, pero lo hace con un tono suave y una voz modulada. No aturde y no aburre. Los reporteros lo dejan hablar todo lo necesario y yo, cuando lo acompaño en los poquísimos ratos libres, no lo interrumpo.  Imprime tal pasión al comentar la planeación de los libros de su editorial, fundada hace cinco años, que me hace recordar la leyenda de los violines Stradivarius y fantaseo con la idea de que hay gotas de su sangre en cada libro. Le preocupa sin embargo volverse monotemático, y a veces se detiene a preguntarme si ha estado hablando demasiado de trabajo. A eso has venido a México, respondo. Además ¿quién soy yo para detenerlo de contarme sobre una antología de cuentos fantásticos o de cómo llegó a Yasutaka Tsutsui, un magnífico escritor japonés que de no haber sido por Jacobo jamás habría sabido de él?

Le pregunto cuántos años tenía cuando se hizo editor y me dice que 26, cuando terminó los estudios y se inclinaba por la literatura medieval. En ese momento de su vida fundó Siruela, la editorial que le dio fama como editor, donde comenzó con una colección de novelas del ciclo artúrico, publicadas por primera vez en España. Era una apuesta arriesgada pero iba acompañada de todo el entusiasmo de su juventud. La opinión del gremio editorial vaticinaba un fracaso pero fue todo lo contrario: se convirtió en uno de los sellos españoles más reconocidos y se mantuvo ahí por casi dos décadas. Se despidió con todos los honores cuando el Ministerio de Cultura de España le otorgó el Premio Nacional a la mejor labor editorial y el mismo año obtuvo el Premio Daniel Gil de Diseño Editorial, momento en que decidió vender la editorial e irse a vivir al campo. “El éxito de Siruela ya no me permitía leer lo que me gustaba, así que preferí retirarme”.

Retirarse es una palabra inadecuada porque en realidad volvió pronto a las andadas. No mucho tiempo después comenzó una nueva editorial, Atalanta, al lado de Inka Martí, su media naranja (la que no está exprimida, según dice el propio Jacobo después de varias horas de responder a entrevistas), quién responde a mi pregunta de porqué volvió a fundar una editorial si la anterior lo había dejado cansado de hacer ese trabajo. “Porque hacer libros es un vicio para él”. Y cuando dice “hacer libros” se refiere a una parte fundamental del proceso, ya que Jacobo no sólo lee e investiga, además negocia con los impresores, se arregla con los gerentes comerciales y diseña los libros. Está tan involucrado que lo mismo habla del papel que eligió y los acabados de un ejemplar como de su contenido. No soy la única persona que le agradece haber elegido publicar La historia de mi vida, de Giacomo Casanova, que hasta ahora había tenido pocas, malas, e incompletas traducciones. También le digo que el libro es costoso. “Es cierto que es caro, pero también lo fue producirlo, en España no es mucho más barato que aquí, aunque si te pones a pensar en el cosido, el buen papel,  la tapa dura y sobre todo en el contenido, en la historia de Casanova, ¡eso no tiene precio!” argumenta entusiasmado.

Hablar de la producción de los libros nos lleva a tocar una parte importante: hacer negocios. Le sugiero venir a la feria del libro de Guadalajara y contesta que hace tiempo no va a ferias.  “Todo el mundo me dice que se lo pasó muy bien en esa feria de Guadalajara pero en cuanto a negociar libros, he dejado las costumbres de los  editores. No voy a cocteles, he dejado de ir a Líber, a Frankfurt, etcétera. Mis libros son fruto de la investigación más que de hacer contactos en las ferias. Vivo feliz y tranquilo en medio del campo, ahí tengo todo lo que necesito: libros, un jardín, y el ordenador desde el que me pongo en contacto con mis colaboradores que están en diferentes ciudades. Una gran parte de los asuntos de la editorial se resuelve a través de Internet. Por eso digo que Atalanta es una editorial campestre, todo se resuelve sin salir del campo, o saliendo apenas lo necesario”.

Este sello “underground” otra definición de su creador, ha dado tres colecciones: ARS BREVIS, donde se publican textos breves de todas las épocas y de todo el mundo, con una semblanza de la vida y obra del autor de cada libro. El propósito es ofrecer la esencia literaria y el perfil del escritor en pocas páginas. MEMORIA MUNDI, que, en palabras de Siruela, “responde al hecho de que vivimos una época amnésica donde la actualidad aparece como una categoría que absorbe toda la realidad. Los medios de comunicación dan cuenta de la cultura desde esta perspectiva, porque así la pueden hacer noticia, pero para mí la cultura no es moderna ni antigua porque no tiene época. La cultura es una y el buen lector es siempre su contemporáneo”. Es decir, esta colección tiene la finalidad de permitirnos ver los temas del pasado, los clásicos antiguos, con ojos nuevos. IMAGINATIO VERA, propone una perspectiva diferente de la imaginación a sus lectores. A través de temas de linaje espiritual y pensamiento metafísico. Ejemplos de ello son los títulos Mitos y dioses de la India, de Alain Daniélou, o el I Ching, en una traducción al castellano directa del chino.

Jacobo regresa a otra entrevista y mientras tanto Inka y yo charlamos. Ella revisa el contenedor de los dos enormes tomos de Historia de mi vida. Los observa con preocupación porque se da cuenta que resultan frágiles para el peso de los libros (3577 páginas). Está tan involucrada como Jacobo en los asuntos de la editorial, donde hace de todo: producción, edición y revisión de traducciones, aunque no descuida sus proyectos personales como escritora de libros infantiles. “Hay tiempo para todo cuando vives en el campo”.

Termina la entrevista y le anuncio a Jacobo que ha sido última. Respira aliviado y enseguida se va a ver libros. Inka me cuenta que normalmente no responde a tantas entrevistas en tan poco tiempo, sin embargo no mostró cansancio ante los reporteros y contestó a todas las preguntas con ánimo y buen humor. Jacobo va y viene entre los libreros y regresa a nosotras cargado de libros. Lamenta lo que pesará su maleta cuando vuelva a casa. Le muestra a Inka sus hallazgos y pone atención a lo que están haciendo las editoriales independientes mexicanas. Me hacen preguntas sobre Sexto piso, Tumbona, Textofilia y Almadía y muestra su capacidad de asombro, a pesar de que los lectores mexicanos le debemos a él la Biblioteca Italo Calvino en castellano, la mayoría de los libros de Clarice Lispector que han llegado a nuestro país, y un sinnúmero de clásicos que difícilmente prestamos si los tenemos en nuestro librero. Jacobo e Inka eligen unos cuántos libros más y se dirigen al mostrador para pagar. “Me he ganado un tequila con sangrita ¿no?” dice Jacobo con una sonrisa y me recuerda que ya es hora de comer.

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