Mi Buenos Aires querido

Pues ahí estaba yo, instalada en Sinclair con Cerviño, en el barrio de Palermo. Demasiado lindo para ser la Roma y demasiado sucio para ser Polanco. Lindo de todas formas. En alguna hamaca, en el mismo barrio, estaría tirado el zoquete de P., que se hizo de la vista gorda cuando supo que iba de vacaciones a Buenos Aires. Que te den, P. Que te den. Menos mal que tengo otros conocidos allá. Incluso desconocidos más amables que vos. A tomar por culo (léase a ritmo de Ilya Kuryaki and the Valderramas)
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Andaba en busca del choripán perfecto pero en los restaurantes fancy de Palermo no lo iba a encontrar. La parrilla más mugre que encontré ahí me metí y ordené un vino (era horrendo) y el ansiado choripán. Me sirvieron un chorizo en un plato y pusieron un cesto con trozos de pan en la mesa ¿Y cómo es esto? Pregunté a la mesera inocentemente y me miró con sorna ¿Querés que te lo prepare? Contestó. Y claro, yo pensaba que en todas partes te daban el choripán armado pero acá tuve qué armarlo yo. Ni hablar. Y no estaba tan bueno. El mejor lo encontré en San Telmo, luego de una larga caminata bajo el sol y cargada de bolsas de cosas inútiles que terminé, como siempre, obsequiando. Me costó sólo diez pesos argentinos, que son como cuarenta mexicanos, y ME LO DIERON PREPARADO.
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Me gustaba la calle de Sinclair. Era muy cortita pero tenía de todo: una verduleríaa, un restaurante peruano, varias peluquerías y más que eso, muchos centros de depilación. Yo nunca voy a esos lugares, no soy tan peluda, pero por casualidad entré a uno. Estaba copado y por probar pedí una cita. Me la dieron para el 13 de enero. Yo no iba a estar ya en Buenos Aires así que me anoté y les dí el celular que ahora es de Marc. Ya lo llamarán y probablemente Marc aproveche la codiciada cita en el depilatorio. El sí que tiene pelo.
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Más que los museos y los lugares-que-no-hay-qué-dejar-de-ver, yo no puedo faltar a las farmacias y a los supermercados. Me chiflan los supermercados. Compré alfajores corrientes, alfajores finos, Luigi Bosca, matecito y un queso horneado en Bariloche. Me pregunto si los hornos serán mejores allá.
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La calle de Borges no tiene muchas librerías, como hubiera imaginado nomás saber que existía una calle con el nombre de tan importante y querido escritor. Lo que le sobran son tiendas de ropa. Nunca olvidaremos “Palito bombón vestíte”. Y tampoco olvidaré que la casa donde Borges pasó su niñez tiene una placa miserable donde se reporta ese dato, y al lado tiene un enorme letrero que dice “Maldito Frizz”, una peluquería.
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De los quince días que pasé en Buenos Aires (quince, P. del mal, ¡quince y tú en la hamaca!) comí carne 14. Espero la gota en cualquier momento. Sorbía mate como si eso fuera a curarme de todo mal y si, algún mal, como la indigestión, me lo curaba. Pero de ahí en más, nada.

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2 Respuestas a “Mi Buenos Aires querido

  1. En una semana en Buenos Aires subí diez kilos y compré 16 de libros. Regresé muy feliz con esos 17 kilos que no me habían acompañado en la ida y unas calcetas de rayas que usé hasta que se desintegraron.
    Ay, cómo quiero ir otra vez.
    Gracias por la crónica, me hizo recordar en especial un lomito al pan que llevaba lechuga, jitomate y huevo cocido. Lástima que no recuerde en qué restaurante lo comí, sniff.

  2. Qué buen blog, me gustó tu post. Por acá andaré visitando. Saludos.

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