Año viejo, año nuevo

(Léase escuchando la canción del año viejo de Tony Camargo)

 

Le digo a Leslie que se comporte pero no me hace caso. Nunca lo hace,  de modo que destapamos la ahora-muy-costosa botella de Pierdealmas y mientras ella digitaliza notas de prensa de nuestros libros, yo escribo (y bebo) y recuerdo lo duro y generoso que ha sido el 2011.

Diría Edith Piaf  “no te arrepiento de nada” y ciertamente yo tampoco.  Este año que está a punto de irse al carajo me tundió con ganas pero no logró que me arrepintiera de nada. Bueno, un poco si, del tequila que pedí en la barra del salón Centurión donde revisaba el correo electrónico y se derramó en el teclado de mi laptop. Además de eso, nada. Absurdo como abrazar un árbol, hay qué abrazar a la tristeza hasta que se canse y se vaya, pero no arrepentirse de permitirle la entrada.

El segundo sorbo al mezcal ya me encuentra pensando en los libros que leí. En mi humildísima opinión, los mejores libros salieron en el último trimestre del año. Antes de eso poca cosa. El primero que nombraría es Siete años de Peter Stamm (Acantilado), una novela contada por un peligroso bueno para nada, Alex, que consigue a la mujer perfecta, Sonja,  sólo para descubrir que es la mujer más defectuosa la que llena su cabeza. Una novela construida, como justo hacen los personajes, con bases sólidas que no permiten que se caiga una sola página, un personaje, o una palabra. El cuerpo en que nací de Guadalupe Nettel (Anagrama) es mi número dos. Ágil, bien escrita, con una historia que va más allá del morbo de la autobiografía de una persona conocida. Nunca podría olvidar el suicidio de su vecina.  El número tres, El final del amor, libro de cuentos de Marcos Giralt Torrente que echó mi atención a su bolsa con cuatro cuentos largos del que resalto Última gota fría (Páginas de espuma) . El tercero es El verano sin hombres, de Siri Hutsvedt (Anagrama), una gran escritora gringo-noruega que lamentablemente es más conocida como la esposa de Paul Auster pero sin duda tiene su propio estilo ( y uno estupendo) para narrar. Este libro cuenta una historia que la prensa no ha dejado de cuestionar porque se parece mucho a un momento de la vida de la escritora con su famoso esposo. El arranque es, sin duda, para seguir leyendo: “Poco tiempo después de que él dijera la palabra pausa me volví loca y tuvieron que ingresarme. No dijo no quiero volver a verte más ni se acabó, pero después de treinta años de matrimonio sólo me bastó escuchar pausa para convertirme en una lunática…”. Mi número cuatro es para Patio de locos, un delicioso libro de poemas de Andrés Neuman (Textofilia) que podría gustarle incluso a quien no sea lector regular de poesía. Cada uno de los poemas es un loco en situación, o una situación de locos que sucede en un hospital psiquiátrico. Aunque algunos de ellos me suenan a microrrelatos poetizados, son un must en mis lecturas de este año. Tren a Trieste, de la rumana Domnica Radulescu (Elephas) fue una sorpresa. No es un libro que elegí, sino que llegó y como manzana de Newton, me golpeó la cabeza en la FIL Guadalajara. La historia de una chica rumana que a pesar de vivir en medio de un régimen dictatorial (de Nicolae Ceausescu) no olvida que es adolescente (en principio) y que está enamorada. Y eso es más importante que cualquier otra cosa, de manera que para vivir su vida como desea, debe tomar el tren que toman sus compatriotas para huir de Rumanía: el que va a Trieste. Me enganchó, además de la prosa de Radulescu, desenfadada y cantarina, el desarrollo de un personaje cuya voz es casi infantil al principio y va madurando conforme avanza la historia.

Y si, leí más libros que estos, pero me niego rotundamente a hacer una lista de diez porque para mí el número perfecto es el doce y  en realidad prefiero hablar de lo agradable que fue conocer a Chris Abani (escritor nigeriano, publicado en México por Sur Plus) y haber paseado por Tlaquepaque con Peter Stamm y su humor negro. Aprender de Herta Müller a engañar a los meseros para fumar un cigarrillo en zonas donde no está permitido en un restaurante y huir de la cámara de Carlo Feltrinelli cuando trataba de fotografiarme consolando a un bebé llorón. Tomar fotografías graciosas con Jorge Herralde, bailar con Lali Gubern y comprarle a Lucifer una escaladora con la firme promesa de no convertirla en un tendedero de toallas. Beber cerveza con Marcos Giralt Torrente y Juan Casamayor en el Gato Verde hasta que nos echaron del lugar y bailar y mezcalear en el Pare de sufrir como está mandado, toda vez que se visita Guadalajara.

Lloré mucho, también me reí a carcajadas, pero lo más importante de este año de número imperfecto, el once, que no aparece en la simbología cristiana por pecaminoso e incompleto, guardado entre el diez (de perspectiva humana) y el doce (de perspectiva cósmica). Mejor recordado por ser el número de jugadores de un equipo de futbol o bien, por ser el número al que se redujeron los apóstoles cuando Judas salió con su batea de babas. Me voy del once, pasemos al doce, y veamos qué sucede, que por hacerse ideas aún no hay quién cobre.

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4 Respuestas a “Año viejo, año nuevo

  1. Es verdad soy harto necia, pero me gustó su post así que no me queda más que brindar por su lucidez

  2. Un buen año está lleno de muchas cosas, muchas muy malas, muy jodidas, pero como bien dices, de esas que te golpean pero no te tumban. Acá seguimos que es lo más importante. Y hay que seguir.

  3. A darle y no solo a la elíptica. Abrazo, querida.

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