Ensayo para los adioses

BicicletaNo me acuerdo cómo nos hicimos amigas si éramos tan diferentes. Cuando salíamos juntas éramos una réplica de un anuncio de Benneton: ella rubia rubia y yo morena morena. No sé tampoco porqué me agradaba si siempre me molestaba cuando me enfrascaba en la lectura. Ella decía que leer era para los viejos y nosotras teníamos 11 años. Así y todo jugámos a ser mayores, a maquillarnos y ponernos tacones de su mamá (la mía nunca usaba), y a burlarnos de los novios de su hermana Claudia, todos los que conseguía para darle celos a mi hermano mayor que nunca le hacía el menor caso. A veces me acompañaba a mis clases de hawaiiano o de gimnasia pero sólo como espectadora o a veces ni siquiera eso, se iba a los columpios mientras yo terminaba las clases. Nos gustaba mucho estar juntas, de cualquier forma.

Ana Rusia y yo éramos chicas aventureras, salíamos a escondidas en la bicicleta hasta los límites marcados por nuestros padres y luego regresábamos como si algo grande tuviéramos para contar a los niños menos temerarios. un día salimos de los límites y sin bicicleta, lo que suponía menos peligro, o eso pensamos. No fue así. Cruzamos dos veces la avenida frente a nuestro edificio, una para ir a ver la cartelera del cine y otra para regresar a casa. Al regreso un coche falló en su intento de frenar y atropelló a Ana Rusia. No se quedó ni a ver cómo estaba, se fugó. Y mi amiga quedó en medio de la calle como un trapo, con la mitad de la cara oscurecida por un moretón espantoso y yo petrificada. Vino la gente, la familia, hospital, horror. Ella pasó un mes internada, sin despertar. Yo recibía las miradas acusadoras de sus parientes cada vez que la visitaba. Quizá porque salí ilesa del accidente me convertí en la culpable, seguramente la instigadora del delito de cruzar la avenida sin permiso.

Finalmente salió del hospital, pero ya no la pude ver porque la llevaron a vivir a otra ciudad sin dejar que se despidiera de mi. Pasado un año regresó a visitar a su abuela y entonces nos encontramos, uno de esos encuentros raros, incómodos, como de un viejo amor que sabes que fue importante pero que ha dejado de serlo y su rostro ya no es mas que un recuerdo borroso de lo que fue. Le pregunté si pensaba que yo fui culpable del accidente y me dijo ¡Claro que no! Nos abrazamos. No volvimos a vernos.

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Una respuesta a “Ensayo para los adioses

  1. Sufrí tu historia
    Hemos vivido con angustia que casi se ha olvidado situación paralela muy similar
    bellísima narración
    abrazo con beso

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