Sólo escribo por las chicas: la imitación de la imitación.

BUKO

El mundo de la literatura conoció, hace muchos años, al primer antihéroe: El Quijote de la mancha. Esta figura, sin embargo, ha ido cambiando a lo largo de los años, y en lugar de tener como antihéroe favorito al gallardo y deschavetado hidalgo, aparece la figura de un borracho pendenciero, adicto al alcohol y al sexo, culto y alejado de la idea del reflector sobre sí. Hablo de Charles Bukowski, el antihéroe favorito de las últimas décadas, cosa que afirmo basada no sólo en el vox populi, sino en la cantidad de textos escritos para analizar su trabajo y las ventas de sus libros. También, añadiría, la cantidad de escritores posteriores a Bukowski que copian descaradamente su actitud y hasta integran la forma de escribir de aquél célebre y talentoso a su propia obra.

Recuerdo a un viejo vecino que tuve, de apellido italiano pero oriundo de la colonia Portales, escritor mexicano, quién solía invitarme a recorrer las cantinas de la Roma y la Condesa para departir alegremente con sus amigos. Con departir me refiero a beber hasta que el cuerpo aguantara. En una de esas largas noches de excesos, le escuché decir a alguno de los presentes: “Yo sólo escribo para gustarle a las chicas”. Me hizo gracia pero la actitud era fácil de relacionar con la del viejo Buk y no me pareció mal que fuera su modelo de personalidad; si las quinceañeras quieren vestirse y bailar como Shakira, ¿por qué no imitar la personalidad de un gran escritor como Bukowski?

El colmo de la imitación, sin embargo, llegó en el momento en que uno de los amigos del citado escritor mexicano llegó a una cena, del brazo de una vieja amiga que hasta esa noche se había negado a presentarnos al novio en turno, temerosa de que nos burláramos de su fealdad. El hombre misterioso (y ciertamente feo) era, ni más ni menos, escritor. Sin libro, hasta ese momento, pero escribía ocasionalmente en revistas musicales. El muchacho no tardó mucho en sentirse a gusto, y cuando los demás comensales le preguntaron acerca de su escritura, éste dio una parsimoniosa calada a su cigarro, se ajustó la cachucha (que maleducadamente no se quitó en toda la cena) y soltó la frase: “Yo sólo escribo por las chicas”. No pude evitar la carcajada ante semejante descaro. El robo del robo de una frase y de la actitud completa del antihéroe literario más famoso del barrio, ni siquiera iba a la fuente original (Bukowski) sino al imitador oficial (escritor mexicano de apellido italiano). Cuando el novio de la amiga preguntó por qué me reía, le dije simplemente: “Conozco al escritor de apellido italiano y, evidentemente, tú también”. El interpelado se sonrojó y después intercambió conmigo algunas anécdotas de las noches de juerga con el entonces amigo en común. Después de eso fue un digno antihéroe, cuya escala de valores y forma de operar es completamente distinta a la del héroe: en la cabeza del antihéroe, el fin justifica los medios. El ahora ex novio de mi ahora ex amiga confesó que admiraba tanto a Fadanelli como a Bukowski y, en ese sentido, cumplió su cometido, hacer un vergonzoso homenaje a ambos en una cena que probablemente figurará en alguno de sus cuentos o novelas

Publicado en la Revista Marvin, columna El cuaderno amargo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s